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Alejo Carpentier. “Los enemigos de la televisión”


El mundo intelectual tiene sus modas, como las tienen las elegantes damas del “jet-set” internacional. Mientras estas imponen el uso de faldas largas o faldas cortas, del talle alto o del talle bajo, del mucho mostrar o del mucho esconder, los señores de la “inteligentzia” decretan, de pronto, que un poeta, menospreciado durante dos siglos, merece una sonada rehabilitación, o que tal filósofo, tal pensador, reverenciado por varias generaciones, debe ser relegado al desván de los trastos inservibles, en virtud de una “nueva filosofía” que, a lo mejor, ni es filosofía ni es nueva -exponente, si acaso, del más endeble “amateurismo” filosófico. Así, Mahler, hombre maldito en Francia, en España, en América Latina, allá por los años 20, se nos ha vuelto un compositor que tiene el poder de capitalizar, hoy, los máximos adjetivos laudatorios de la crítica musical. Puccini ha dejado de ser “dulzón”, “sentimentaloide”, “oleaginoso”, para erigirse en insospechado precursor de muchas cosas. Víctor Hugo y Galdós han vuelto a tener talento. Anatole France sigue en remojo hasta nueva orden, en tanto que ciertos escritores del 1900, olvidados durante más de cincuenta años, reaparecen en los estantes de las librerías…

Hoy, la “inteligentzia” de todas partes ha declarado la guerra a la televisión. -“¡Ah!… ¿Pero… usted mira la televisión?”- se pregunta, con lástima, en ciertos círculos cultos, a quien tuvo la desventura o la imprudencia de confesar que, anoche, vio con mucho agrado un programa traído a su casa por las ondas.

Porque, aquí o allá, es de buen tono proclamar que la televisión es cosa despreciable, escuela de chabacanería y mal gusto – invento maravilloso, ciertamente, pero manejado por una chusma ignara y mercantilizada, que tiene el poder de estropearlo todo. No. Un espíritu selecto, un “intelectual”, no puede perder su tiempo ante la diminuta pantalla de su receptor, mirando y oyendo estupideces, padeciendo novelones de ínfima calidad, escuchando informaciones amañadas y tragando enormes cantidades de una publicidad que refleja todas las taras materiales y psicológicas de la sociedad de consumo…

Por desgracia, hay mucho de cierto en lo que atañe al exceso de publicidad y a la baja calidad artística de ciertas emisiones. No todo lo que difunden las antenas merece atención y respeto, y demasiado proliferan en nuestro ámbito los tontos equivalentes de las lamentables “soap-óperas” norteamericanas… Pero la televisión, como las lenguas de Esopo, es, a la vez, lo peor y lo mejor que hay en el mundo, y del usuario depende no dejarse atosigar por cuanto le cae del éter. Hay noches en que es aconsejable dejar dormir el aparato, sin prender sus luces. Pero otras veces -quiéralo o no la “inteligentzia”-, la televisión nos hace vivir aventuras maravillosas, acceder al prodigio, tocar el milagro, como cuando, en fecha inolvidable, emocionados, expectantes, vimos llegar los primeros hombres a la Luna, al cabo de una hazaña sin precedentes en la Historia -hazaña que, de repente, restaba todo interés a una novela famosa de Julio Veme, y a otra, no menos famosa, de H. G, Wells… Y, hace poco, tuvimos la revelación, visible en imágenes, de que una sonda espacial había alcanzado las altas nubes de Saturno, colándose por un boquete que en la rotación de sus anillos se observaba, para situarse en las ignotas atmósferas cuya exploración se inicia ahora.

Y eso no es todo: evocando mis recuerdos, pienso ahora que gracias a la televisión tuve la suerte de asistir, día a día, a la presurosa -y bastante sucia, por decirlo todo- desbandada de Saigón; tuve la alegría de presenciar el desplome del presidente Nixon, caído como pelele roto, en el asiento trasero del avión que lo llevaba al lugar de su retiro; pude seguir, paso a paso, las solemnes fases de una entronización pontifical; fui invitado de primera fila a estupendos certámenes de patinaje artístico; fui testigo, sin abandonar mi butaca, de erupciones volcánicas, tempestades, sucesos inauditos, ceremonias históricas y olimpíadas memorables … Por esto sólo merecería la televisión nuestro respeto. Pero hay más. Hay mucho más. Gracias a ella nos cercioramos, de repente, que ciertas películas que nos parecieron prodigiosas en otros días (como algunas de René Clair) no soportaban el paso de los años, en tanto que otras filmadas en los mismos años (El Ángel Azul, de Marlene Dietrich, por ejemplo) se nos acrecen y magnifican al cobrar solera. Entendemos, de pronto, por qué todo un repertorio teatral se ha venido abajo, mientras ciertas comedias o dramas,desafortunados al nacer, van cobrando calidad con el transcurso del tiempo… Eso, por no hablar de los conciertos que a menudo nos dan, a domicilio, una Montserrat Caballé, un Plácido Domingo, un Von Karajan al frente de la Orquesta Sinfónica de Berlín -por no hablar de la prodigiosa Salomé de Teresa Stratas (a quien tanto habíamos aplaudido recientemente en la Lulú de Alban Berg), genialmente convincente, tanto en lo vocal como en lo trágico, en un aplastante papel donde cualquier error de interpretación, cualquier exceso gestual, puede conducir el personaje a las peligrosas fronteras del “camp” novecentista.

La “inteligentzia” detesta la televisión. Esto es indudable. Pero cuando uno de sus integrantes es invitado a tomar parte en alguna mesa redonda, coloquio o simposio, promovido por una emisora, se apresura a presentarse ante las cámaras con corbata nueva y todo (o tal vez mejor sin corbata, porque así se luce más interesante, más emancipado de las férulas burguesas…), muy dispuesto a someter su rostro a las artes de la maquilladora si así lo exige el brillo natural de su cutis… -“Es que, verá usted… Como quiera que sea, es el único medio que permite una comunicación inmediata con millones de espectadores”-, nos dice, a modo de vergonzante excusa.

Por lo tanto, esta noche…, ¡que viva la televisión! Y mañana seguiremos hablando mal de ella, ya que así lo requiere una moda actual de la “inteligentzia”.

(Octubre 1979)