Loading...
Skip to Content

Camilo José Cela. “Divertimiento de haraganes”


Los literatos suelen tomar demasiado en serio esto de la literatura que, bien mirado, no es más que un cachondeo, un divertimiento propio de haraganes sin mala intención y que de algo tienen (tenemos) que comer. Aún más en serio que los literatos toman el asunto los críticos y los profesores, que hasta se inventaron algo que ni funciona demasiado ni tampoco tiene por qué funcionar demasiado: la ciencia literaria, que procede en extensión y por clasificaciones no en exceso útiles ni flexibles. ¡Válganme los santos, y qué equilibrios tiene que hacer el hombre para subsistir!

A mí me parece que entre todos los hombres los únicos que saben de qué va la cosa son los médicos, que al menos sirven para sajar un golondrino o entablillar un hueso quebrado, y los agricultores y los pastores, que aciertan a crear vida y alimentos vivos· a fuerza de paciencia y de pasarse las horas al aire libre. Los técnicos valen para poco, porque la mayor parte de la técnica está de más y no conduce a mejor meta que la muerte: por asfixia, por estrangulamiento, por sofocación, por envenenamiento, por aplastamiento, por aburrimiento, etc. Los políticos, los sociólogos y los moralistas -por otros caminos- tampoco aciertan demasiado y suelen aburrir al prójimo con sus monsergas; en cierto sentido, de ellos quizá pudiera decirse que son los magos de la tribu que cobran el barato sin mayor esfuerzo, porque la gente es muy asustadiza y milagrera Y prefiere estar a bien con las ciencias ocultas y dar coba a quienes ocultan las ciencias.

Los líderes de la especie humana, considerados en líneas generales, son muy asnos y todavía no han descubierto que lo que quiere el personal es comer caliente y dormir con alguien; todo lo demás son trastornos nerviosos.

El hombre se parapeta en la seriedad, o en la máscara de la seriedad, porque la supone rentable. En el fondo de su actitud subyace el miedo; quiero decir que el hombre, si no fuera tan cobardón, sería más alegre y sencillo. El hombre toma en serio, o finge tomar en serio, múltiples cosas y actitudes gratuitas. En serioo se puede tomar a una moza que se brinda en porreta, a una flor que se abre, a una mujer pariendo sola en un solar, a un niño sano que brinca igual que un saltamontes, a un niño depauperado que de un momento a otro acabará muriéndose de hambre, al sol saliendo sobre el horizonte, a un anciano que – añorador de la piedad­ languidece sin terminar de morirse en el asilo, a un subnormal rijoso masturbándose en el tejado y con su ángel de la guardia como único testigo, a un plato de lacón con grelos o de judías con chorizo bien curado, a un pájaro volando saltarín y airoso y a muy pocos sucesos más.

Al hombre que cultiva la seriedad a ultranza, triste la panza y con la herramienta de la seriedad en danza (macabra, claro es), se le suelen escuchimizar las carnes; también sufre contrariedades amorosas o domésticas, según su estado civil, úlceras, trastornos neurovegetativos, depresiones y otros dengues y mariconadas impropios de la seriedad que pregona. Todo se arreglaría con una terapéutica que no diese de lado ni al benemérito optimismo ni al saludable choteo; todo tiene su lado bueno -y aún mejor- y nunca pasa nada y, si pasa, no importa. En estos casos, mucha serenidad o, como decía el poeta Samuel Taylor Coleridge; no te impacientes, Manuela, que se me ha atascado la bragueta.

Los mesías libertadores de la humanidad, los profetas de la ira de Dios y los apóstoles de las soluciones mágicas deberían, en buena ley e inteligente norma, estar prohibidos por decreto; como sanción ejemplarizadora para todos quizá bastara con caparlos (con dos piedras o con unas tijeras de podar, a elección del reo). Hay un derecho natural que rige las conciencias y marca el acompasado vaivén del mundo, y cualquier otra ordenación ajena a su espíritu no es más cosa que reglamento traposo y, lo que es peor, capcioso. Al universo donde trata de vivir el hombre lo ahoga el reglamento, que es el arma preferida por quienes no quieren dar la cara.

No; ni la literatura ni casi nada debe tomarse en serio, porque lo que importa no es el triunfo, sino la salud del cuerpo y del alma. Lo que se debe tomar en serio es la actitud, el camino por el que se accede a la alegría que supone tener la cabeza clara y el corazón permeable. Un corazón de piedra pómez o de barro de alfarero no es un corazón, aunque sirva para bombear la sangre hasta los más misteriosos recovecos del organismo. Con un corazón de piedra pómez o de barro de alfarero se pueden ganar cuartos y hasta fingir el éxito ante los demás, pero la vida es otra cosa y hay que estar demasiado loco -o ser algo más estúpido de lo estrictamente necesario y aún admitido- para tragarse los propios embustes como si fueran píldoras de boticario.

La alegría es un don que se recibe, sí, pero también el trofeo que cobra su perseguidor aplicado. Al serio a ultranza y entre horas se le niega la alegría porque no es el triste profundo o de triste causa profunda -animal respetable- sino el falso triste solemne que se acicala con los ridículos afeites de las fuerzas vivas que, entrecomilladas, señalan todo cuanto la sociedad tiene de muerte, desolación y hastío. En España las cosas no tendrán arreglo mientras no se quiten de las Diputaciones Provinciales las macetas de sansevieras y dracenas de fonda de estación de ferrocarril que las adornan. No importa que un presidente de Diputación sea un sansirolé (y la prueba de que no importa es que el país no ha desaparecido), pero es grave el hecho de que aspire a contagiar sus aficiones al sufrido paisanaje, porque la salud suele ser consecuencia de la higiene.

Los enfermos del alma -omisión hecha de su oficio: los ambiciosos, los envidiosos, los belicosos y, en general los gobernantes, los atorrantes, y los magnates vestidos de domingo- son un castigo de los cielos, pero también los primeros paganos de su postura, que produce oleadas de carcajadas entre la afición honesta y alegre que se reconforta con las beneméritas ideas elementales e inmediatas. Todo es cuestión de llevar una vida higiénica y no negarse a bailar el agarrado y metiendo pierna, como Dios manda y alguna vez se hizo.

(Julio 1985)