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José Donoso. “Silencio ciudadano”


La censura de prensa en Chile, no es hoy sólo un hecho real, del que el país oficialmente no se avergüenza pese a que usa toda clase de eufemismos para referirse a ella, sino que la defienden públicamente los ministros y la oficialidad, y desarrollan toda clase de argumentos para asegurar a la ciudadanía que es algo positivo, que mejorará el estado moral del país e impedirá que se cometan atropellos.

Ha terminado, o está terminando entre nosotros, el hábito antiguamente sagrado de la lectura de la prensa, ese civilizado derecho y deseo de saber qué pasa en el mundo y en el propio país del que el chileno, antes, se sentía tan dueño. Agonizan las grandes dinastías periodísticas, entre nosotros seculares, que están entregando o ya han entregado al Gobierno, debido a deudas impagables, tanto sus posesiones como sus conciencias: ya no podrán criticar, juzgar, informar, inquirir, opinar; sólo asentir, apoyar, obedecer. Por eso, ya nadie en Chile lee el diario, cuyos tirajes han bajado de un modo realmente espectacular. Incluso las revistas, aún las más frívolas semi-amordazadas, se ven obligadas a regalar libros -un fenómeno realmente divertido- junto con cada número para que la gente los compre, y no sólo libros, hay algunas que regalan shampoo, o pantys.

Claro: ¿para qué leer el diario, por lo demás tristemente adelgazado? El clásico espectáculo de una plaza con sol, los señores enarbolando su diario durante una hora para enterarse de lo que pasa, pertenece al pasado: no sólo no vale la pena leer el diario, sino que está tan caro que es un lujo que no todos se pueden permitir. Por otra parte, el diario lento en el café, ese maravilloso habito de Buenos Aires y de Europa, que nivela clases y construye un espacio común de discusión, en Chile nunca realmente existió. Y en los fríos establecimientos estilo “burger-inn”, con su menaje de formica color verde nilo que es todo lo que hay en el centro de Santiago – en el ghetto verde del burgués barrio alto, donde vive “todo el mundo”, comienza a existir algún establecimiento más cordial-. La gente acosada entra y sale por los apremios de pagar y cobrar, sin tiempo para leer, comentar, pensar, discutir un. rato, como lo tendría cualquier persona de la clase obrera en, digamos, Buenos Aires o Montevideo: un espacio de descanso, tiempo, una necesidad de leer el periódico, signo de civilización desaparecido entre nosotros.

Los periódicos se han nivelado. Son todos idénticos. Ya no traen las variadas noticias y opiniones de hace siquiera seis meses, por las que todos nos apasionábamos y que nos hacía sentirnos participando en el devenir de nuestro país, que hoy, cada día más, nos aleja más y más: el país está en otras manos, que nada tienen que ver con nosotros. Y en lugar de esas informaciones serias, en vez de la abundancia de antes de cables del exterior y noticias nacionales, los periódicos traen una extraña mezcolanza de crímenes de “delincuentes comunes”, morbosos descuartizamientos, asesinatos sin motivo, psicópatas condenados que acaparan la atención de lectores, niños o ancianos perdidos, un cadáver al que le faltaba una de las extremidades: un alucinante mundo de noticias tremebundas ha tomado el lugar de la información, y quien lee nuestros periódicos no puede sino pensar que nuestro pobre país se está volviendo loco. Hay una brillante psicóloga argentina que escribió un libro sobre mitos ciudadanos, que sostiene que cuando en una ciudad va a suceder una terrible tragedia colectiva, comienzan a aparecer estas noticias monstruosas, a circular rumores tremendos: el más famoso, es el de la empleada que le corta la cabeza a la niña de la que queda a cargo, y cuando llega la madre se la sirve en una bandeja que saca del horno. Pero claro, aun sin noticias, aun sin información y sin derecho a darla, los diarios, que significan inversiones tremendas de capital tienen que seguir funcionando y no importa mucho lo que publiquen con la condición de que sigan funcionando las rotativas.

Hay cosas que se construyen simplemente para alimentar a los periódicos: el Festival de la Canción en Viña. ¡Este año no vendrá Pía Zadora!, titular en rojo de primera plana. ¿Tendremos a Michael Jackson; Julio Iglesias dice “os adoro, pero no puedo ir”. Todo esto, tanto la encantadora Pía Zadora como los descuartizamientos y fusilamientos y los buses que caen de puentes con docenas de niños adentro, no son más que máscaras en que el país, avergonzado de no poder decir la verdad ni de informar, esconde su cara. Ahora nuestra vida política – lo que de ella iba quedando – es una vida escondida, que determinan “otros”, y ellos no pueden publicar las preguntas que les hacen los periodistas. En ese lugar, en lugar de nuestro verdadero rostro, aproblemado, preocupado, tal vez desolado, mostramos este rostro monstruoso de escrofulosis y cánceres como esas máscaras de goma de Disneylandia que se ponen los niños, accidentes y fusilamientos y muchachas descuartizadas, destripadores, que estos sí, estos se pueden mostrar, pero no los verdaderos horrores que está sufriendo, todo lo sabemos, nuestro país. Lo que no es esto, son informes oficiales del Gobierno diciéndonos que decrece el desempleo, que baja la tasa de interés, que el cobre sube, que aumentan las exportaciones y que este año habrá una ganancia del Gobierno de tantos cientos de millones de dólares: vale decir, Jauja, Jauja con la tremenda máscara de la monstruosidad de los destripamientos y los descuartizamientos y los fusilamientos.

Pero según se dice en los diarios, este es un país “sano”. No como Brasil, por ejemplo, con su escandaloso e inmoral festival rockero de Río de Janeiro. Allí se congregaron el vicio y las drogas, y hubo hasta “rock satánico”. [Pobre juventud carioca! En Chile, en cambio, en el Festival de la Canción en Viña, el tema será cantar a la familia, celebrar la moralidad de esta institución, y los jóvenes cantarán las canciones al unísono con sus padres y sus hermanos y no tendrán de qué avergonzarse. Quizás sea verdad y estemos entrando en una época de gran moralidad. Pero no se sabe. Nada se sabe.  Hasta la falange de valiosísimas mujeres periodistas chilenas, de todas las ideologías, valientes, informadas, inteligentes, audaces, politizadas, Raquel Correa, Elisabeth Subercaseaux, Blanca Arthur, María. Angélica de Luigi, Rosario Guzmán, Mal u Sierra y tantas otras, parecen haberse callado, y su especialidad, que era el vivo y agresivo reportaje en el que eran maestras, se ha silenciado porque ya no pueden preguntar, ya no pueden abordar a quien importa, ya no se sabe quién importa, ya no se sabe qué preguntar, ya se sabe que el Gobierno borrará toda sombra de inquietud de sus antes estimulantes e inquietantes reportajes.

Un amigo de treinta años dedicado a la cría del salmón en una isla del sur de Chile, regresó maravillado de USA e Inglaterra porque allí, en la plaza, un particular cualquiera se subía a un cajoncito, despotricaba contra Reagan, contra la Thatcher, congregaba a un grupo que le discutía, y pasaban los policías sin hacerle caso. ¡Algo nunca visto! Claro, nunca visto por su generación, le dije yo. Le conté que en el Santiago de hace veinticinco o treinta años, en plena Alameda, en el centro mismo de la ciudad, junto al diario La Opinión, en la noche, se congregaban numerosos grupos de personas a discutir las noticias nacionales – el cambio de un gabinete, la renuncia de un ministro, el escándalo descubierto, la negativa del presidente- y a criticar con toda libertad y a veces a grito indignado al gobierno, a los ministros, a los senadores. Esperábamos a veces hasta tarde en la noche que aparecieran los matutinos, y era siempre el mejor informado el que había estado en esas ruedas de discusión porque las noticias eran apuntadas con tiza a medida que llegaban a esos pizarrones. Esta es una escena que en el Chile de hoy, carente de prensa, parece alucinante de libertad, dolorosa, enfurecedora, porque no tenemos derecho, desde hace unos meses, ni siquiera a conocer y a discutir y a participar en nuestra propia historia.

(Marzo 1985)