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Mario Vargas Llosa. “El nudista militante”


(Perú 1936). La ciudad y los perros, aparecida en 1963, le consagró tempranamente como escritor. Recibió el Premio Cervantes en 1994 y el Nobel de Literatura en 2010.

EL NUDISTA MILITANTE

Durante varios años, en la década del sesenta, uno de mis trabajos alimenticios fue traducir y leer Les actualités franrçaises, noticiario cinematográfico que Francia distribuía cada semana por América Latina. La traducción me llevaba apenas un minutos pero, en cambio grabarla me tenía toda la tarde de los miércoles en los estudios de Génnévilliers, en los alrededores de París. Había heredado este trabajo de un locutor uruguayo al que le ocurrió la peor tragedia para un hombre de su oficio: volverse afónico. Lo hacía con gusto, pues estaba bien pagado, y me distraía esa salida semanal de la ciudad en la que, con frecuencia, a la ida o a la vuelta, acostumbraba a hacer un alto en el cementerio de perros de Asmeres, lugar donde está enterrado el célebre Rintintín y que es realmente muy bello.

La grabación consistía en fugaces ingresos a la cabina de locución separados por largos intervalos que yo mataba leyendo, espiando el doblaje de otras películas, o, más a menudo, charlando con mi amigo el proyeccionista, Monsieur Loms. Digo charlando y es una exageración y una mentira, porque charlar sugiere intercambio y  reciprocidad, y lo nuestro consistía exclusivamente en que yo escuchaba lo que él decía y en que, de rato en rato, me limitaba a intercalar en su monólogo alguna observación banal, para guardar las formas y darle a él y darme a mí mismo la impresión de que, en efecto, conversábamos. Monsieur Louis era uno de esos hombres que no admiten interlocutores: sólo oyentes.

Debía andar raspando los sesenta y era bajo, delgado, con unos cabellos blancos que raleaban, una tez sonrosada y unos ojitos azules muy tranquilos. Tenía una voz que nunca se elevaba ni endurecía, suave, monótona, persistente, inatajable. Vestía siempre una bata blanca, inmaculada como toda su persona, y su cara lucía en cualquier ocasión un asomo de sonrisa que nunca llegaba a materializarse. Se lo hubiera podido tomar por un enfermero o un laboratorista pues su atuendo, su semblante, sus maneras de algún modo hacían pensar en hospitales, enfermos y probetas llenas de química. Pero él era proyeccionista y había estado vinculado al cine desde muy joven. Alguna vez le oí que, en los años treinta, había intervenido como camarógrafo en la filmación clandestina de cortos pornográficos cuyos galanes eran, de preferencia, caballeros tuberculosos ya que éstos, decía él, tenían erecciones prolongadísimas que, dada la lentitud del rodaje, facilitaban mucho las cosas. Pero Monsieur Louis había dejado ese trabajo por temor a la policía. En realidad, no le gustaba hablar de esto ni de nada que no fuera el tema de su vida: el nudismo.

Porque Monsieur Louis era nudista. Pasaba íntegramente su mes de vacaciones en la lle du Levant, una islita mediterránea donde funcionaba la única colonia de nudistas autorizada en Francia en ese tiempo. Los once meses restantes, se los pasaba ahorrando, trabajando y contando las horas que faltaban para, con el sol de agosto, volver a vivir por treinta días al aire libre, fotografiando mariposas y capullos, encendiendo fogatas, tostándose sobre las rocas o chapaleando en al mar, desnudo como una foca. Andar en cueros, rodeado de gentes en cueros, le producía una ilimitada felicidad y, al parecer, le resolvía todos los problemas. El nudismo era para él una dedicación permanente. A los diez minutos de conocerlo, uno descubría que no sólo era su único tema de conversación, sino también de reflexión y de acción. Porque así como otros dedican sus días y sus noches a catequizar a los demás y ganarlos para la verdadera religión o para la verdadera revolución, Monsieur Louis había consagrado los suyos a ese inconcebible apostolado: ganar adeptos para el nudismo.

Nuestra buena relación provenía de que él me consideraba un catecúmeno. Y yo alentaba esa creencia, escuchando con verdadero interés, entre grabación y grabación de Les actualités franrcaises, las peroratas con que iba iluminándome sobre los fundamentos, secretos, moralejas y virtudes de la filosofía nudista. Me lo explicó todo cien veces, con argumentos y ejemplos que se repetían, obsesivos, en su vocecita pausada, confiada e incansable en la propagación de la fe. Me habló de Grecia y la belleza de los cuerpos que se mueven y despliegan en libertad, sin veladuras esclavizantes; de la comunión del hombre con la naturaleza, lo único que puede devolvernos la salud física y la paz espiritual que perdimos por renegar cobardemente de nuestra primera desnudez; de la necesidad de vencer los prejuicios, la hipocresía, la mentira (en otras palabras: los vestidos) y de restablecer la sinceridad y la frescura que existen en las relaciones entre, por ejemplo, las aves y los cervatillos y que en el paraíso terrenal existieron también entre los humanos (¿y a qué se debía eso?). Incontables veces me aseguró que, en la lle du Levant, al despojarse de las ropas los hombres y las mujeres se quitaban también los malos pensamientos, los complejos de inferioridad, los vicios. Oyéndolo, uno llegaba casi a convencerse que el nudismo era aquella panacea universal, cura de todos los males, que los alquimistas medievales buscaron con tanta desesperación.

Las lecciones no eran sólo orales. Monsieur Louis me llevaba folletos proselitistas y me enseñó fotografías a color de la isla de la libertad. Ahí estaban los nudistas, de cuerpo entero, y ahí estaba él, rosáceo, helénico, libando el néctar de las flores o picando alegre­ mente unos tomates mientras una jovencita de lindos senos y pubis enrolado refrescaba unas lechugas. Durante un buen tiempo llega­ ron a mi casa formularios, boletines de suscripción, invitaciones de clubs nudistas que, ay, nunca llené ni contesté.

Porque, pese a sus afanes, Monsieur Louis no me ganó para el nudismo. Pero, en cambio, me ayudó a identificar una variedad humana que, bajo distintos ropajes y quehaceres, se halla pavorosamente extendida por el mundo. Lo que recuerdo de él, sobre todo, es su mirada: tranquila, fija, inconmovible, ciega para todo lo que no fuera ella misma. Es una mirada que, en parte gracias a él, reconozco con facilidad y que he visto reaparecer, multiplicada, una Y otra vez en curas y en revolucionarios, en intelectuales en moralistas, sobre todo en ideólogos de todo pelaje. Es la mirada del que se sabe dueño de la verdad, del que no se distrae, del que nunca duda, del humano más dañino: el fanático.

(Diciembre 1978)