Hace pocos meses publiqué un intrascendente artículo sobre fútbol y puedo asegurar que en treinta años corridos que llevo en este oficio de emborronar cuartillas nunca un trabajo mío ha desencadenado un tan abundante número de réplicas y correspondencia como en este caso, lo que quiere decir que, al margen de la liberación que pudo representar para algunos el espectáculo durante la represión de la dictadura, el fútbol, en cualquier circunstancia política, constituye la pasión dominante para no pocos españoles.
Yo jugué mucho al fútbol de chico y aún de adolescente. El colegio de Lourdes, de Valladolid, era una potencia entonces, en los años treinta, y, con frecuencia, medíamos nuestras fuerzas con otros colegios de segunda enseñanza: los jesuitas, los maristas o los muchachos del Instituto. No es preciso decir que unas veces ganábamos y otras perdíamos pero, en cualquier caso, siempre quedaba vivo un deseo: remachar el triunfo obtenido o tomarnos el desquite de la derrota. Había, no obstante, un colegio en Valladolid que siempre nos vencía: el colegio de Santiago para huérfanos del arma de Caballería. He dicho que nos vencía cuando será más exacto decir que nos barría, literalmente nos aplastaba por tanteos con tundentes que, todavía lo recuerdo, rara vez bajaban de nueve a cero o el catorce a dos. No creo que en aquel campo de tierra apelmazada que los Huérfanos tenían en la trasera del edificio escolar de la calle de Muro, alcanzáramos nunca un resultado más halagüeño que el de los seis o siete goles de diferencia. Y ¿qué tenían los huérfanos de Caballería que no tuviéramos el resto de los escolares de Valladolid? ¡Ah, los Huérfanos! Aquellos mozos practicaban un fútbol precursor hecho de inteligencia y sobreentendidos, apoyado en una velocidad de diablos, una entereza de atletas y un finísimo toque de balón. Posiblemente todo ello dependiera de su preparador físico o del frecuente ejercicio de este deporte, lo cierto es que aquellos muchachos ejecutaban otro fútbol.
Para mayor escarnio, los Huérfanos jugaban en alpargatas sin que sus empeines parecieran resentirse de los secos trallazos que enviaban desde treinta metros contra nuestra portería con aquellos balones recios, coriáceos, que, como dice Vicente Verdú en su estupendo y divertido libro El fútbol, mitos, ritos y símbolos, “trascendía el vaho de su vejiga (protegida por talco) y la biografía del cuero al que se le dispensaban cuidados vitalizadores dejándole secar al sol y embadurnándole con grasa”. Para los Huérfanos este pelotón pesadísimo no constituía el menor obstáculo. Sus rapidísimos pies ensayaban el tiro a gol desde cualquier punto y en cualquier circunstancia, sin disposición previa y, a menudo, como el lector podrá deducir de los tanteos consignados, lo conseguían. Su movilidad, sus disparos durísimos con unos pies prácticamente desnudos, me asombraban, hasta el punto de que hoy, a cuarenta años de distancia, todavía los recuerdo con admiración.
Paralelamente a esta actividad, yo fui espectador pasivo de futbol desde 1929, mucho antes de convertirse este deporte en un espectáculo de masas. Durante seis largos lustros fui asiduo del Real Valladolid, asistí a su empecinado trajín en Tercera División, a su paso fulgurante por la Segunda y a sus casi veinte años de Primera, campeón de invierno en una ocasión empatándole al Madrid en Chamartín, o eliminando al Atlético de la Copa, en otra, con aquel asombroso tercer gol de bolea de Sañudo que dejó estupefacto al desencantado público del Metropolitano. El desaforado profesionalismo -el fútbol fue perdiendo paulatinamente su carácter lúdico y los futbolistas ya no saltaban a la pradera a jugar sino a ganar dinero-, la táctica del cerrojo cada día más extremada y el vocabulario de la grada, soez, irritantemente parcial, me empujaron, años más tarde, a abandonar los estadios y a convertirme en un espectador esporádico de los partidos televisados. Deduzco de todo esto que yo no era un hincha. Tampoco un espectador desapasionado – mis preferencias estaban claras- pero íntimamente rechazaba una victoria debida al caserismo de un árbitro o a la presión asfixiante de la grada.
Mi artículo anterior no ha sido bien interpretado. Hablo en general pues hay cartas, como la de don Antonio Calderón, jugador insigne, que manifiestan una absoluta solidaridad con mi postura. No obstante, los comentarios reprobatorios entienden que yo opongo la velocidad a la belleza, el fútbol-arte al fútbol-fuerza, cuando creo que, tras una atenta lectura de mi artículo, no puede deducirse esto. Ocurre que, en la actualidad, yo identifico la estética del fútbol precisamente con la velocidad y la fuerza y considero, por otra parte, que únicamente estas cualidades son eficaces para contrarrestar las murallas defensivas al uso.
En mi trabajo anterior había dos cosas claras: primera, el espectáculo se ha terminado si nos obstinamos en seguir aferrados a las antiguas tretas para doblegar a una defensa, y, segunda, la debilidad del fútbol español resulta hoy incontestable frente al de los países del norte de Europa. Me parece ocioso discutir estos dos puntos pero podemos subrayar algunos extremos que los aclaran. La táctica del marcaje trajo como consecuencia el agarrotamiento de un deporte hasta entonces preferentemente creador. El futbolista, antaño, saltaba al césped con la esperanza de desarbolar por juego al adversario. Hoy salta con la ilusión de inmovilizarlo. Desde este enfoque resulta palmario que el que intente el ataque, al abrirse, lleva las de perder. La defensa escalonada, si se practica bien, es difícilmente vulnerable y el gol, si llega, suele presentarse inopinadamente de un contragolpe a favor del que se defiende. Esto explica ese hecho, aparentemente paradójico del que se lamentan muchas aficiones, de que sus equipos favoritos juegan mejor fuera que dentro de casa. Fuera, salen a sujetar, a impedir mancillar su meta, dentro, a eludir la sujección y conseguir un gol. El que, sale a construir está perdido. De ahí que hoy impere la destrucción. Dos no juegan si uno no quiere. Y, con la destrucción, adviene la difícil vulnerabilidad de las puertas y, consecuentemente, si en verdad es el gol la salsa del fútbol, el tedio y el aburrimiento. El fútbol actual se sirve en seco, sin salsa ni aderezos, de ahí su insulsez.
En lo concerniente a la baja del fútbol latino, y concretamente del español, frente al noreuropeo, creo que está a la vista. Que el mediterráneo es flojo e inestable, no sabe tirar a puerta, ni pasar el espacio vacío, me parece obvio por evidente. Pretender desbordar las defensas actuales con las artes de antaño, mediante fintas, regate y pelotas bombeadas, se me antoja una quimera. Esto ya no es factible. Frente a esta táctica rutinaria e inoperante, los noreuropeos han puesto en servicio otra, basada en la velocidad y la fuerza, en la energía y el sentido de anticipación, esto es, la táctica que los huérfanos de Caballería de Valladolid ya utilizaban, con resultados sorprendentes, en mis años mozos. El septentrional conserva la vertical mientras puede, tira a puerta desde lejos y sobre la marcha y, sobre todo, tiene la intuición del espacio vacío para dejar la pelota muerta a la que un compañero, de cara al gol, puede llegar antes que su rival. Este es todo su secreto. Y no se aduzca, en descargo del fútbol español, que los ases nórdicos fracasan al insertarlos hoy en nuestros cuadros porque tropiezan con un adversario más duro. Yo entiendo que el bajo rendimiento de estos divos importados obedece a otras razones, por ejemplo, la pérdida del ritmo de su antiguo equipo y la ausencia de respuesta a sus intuiciones. La velocidad del nuevo equipo no es la misma que la el de procedencia y el compañero no ve las pelotas que le deja en tierra de nadie o las considera pelotas perdidas. El caso Cruyff en España me parece el más esclarecedor. Cruyff jugaba demasiado para jugar bien, quiero decir para jugar bien aquí, para ser entendido en nuestro país. Se encontraba desasistido, empleaba unos métodos que no eran correspondidos y, lógicamente, se aburrió. Di Stefano y Kubala vinieron en otros tiempos y encajaron. En la actualidad, el extranjero trasplantado se queda solo y, en términos generales, el bueno se hace malo y el malo se hace peor. mediterráneos y septentrionales no pueden ser mezclados impunemente. Son dos conceptos del fútbol que normalmente se rechazan. Entre unos y otros no hay entendimiento, no hay correspondencia, no existe asociación. Es algo así como si hubiéramos pretendido encajar un huérfano de Caballería en las filas del equipo de mi colegio allá por los años 30.
(Octubre 1980)