Distingue a Europa entre los continentes su tamaño, ya que es el más chico de todos. En esto, expresa ya cierta moderación. Todos los rasgos físicos de nuestra tierra común son pequeños si se les compara con sus análogos de Asia, América, África u Oceanía. De donde, pronto se echa de ver, que en Europa se darán partes constituyentes cuyas lindes se marcarán con claridad en un mapa sin que por ello puedan oponer obstáculos infranqueables al viajero.
Esta moderación que expresan ya la orografía, el agua y la roca, se reitera en el clima. De modo que si los contornos de tierra, mar, río y montaña no cierran el paso nunca, tampoco lo hará el hielo. De este modo se va poco a poco definiendo un continente pequeño, dividido en secciones o territorios de claro perfil, propicios a la creación y cría de unidades humanas colectivas que, en el relativo aislamiento de sus hogares locales hallan las condiciones óptimas para la definición de un tipo caracterizado. Pasando los siglos, este cuadro natural dará de sí los pueblos y, con el tiempo, las naciones. Aquí entra en juego la otra característica, ya observada, de Europa. Sus linderos de pueblo a pueblo son obstáculos suficientes para que se constituyan pueblos distintos; pero no tanto como para impedir una vida de relación e influencia mutua entre ellos. De este modo se va desarrollando el intelecto de los europeos por el efecto mutuo del roce entre pueblos distintos sin serlo demasiado para la mutua comprensión. Aparece aquí el diálogo, que ha de ser uno de los más fuertes y finos instrumentos de la cultura y civilización.
Para lo que vendremos más tarde a llamar Europa, los dos lugares natales son Atenas y Jerusalén. En aquellos lugares se forjaron los dos espíritus que iban a dar forma y sustancia al espíritu europeo, cuyos padres son Sócrates y Jesucristo. Durante siglos, se desarrollará el genio griego en el pueblo protoeuropeo por excelencia mientras los valles, las bahías, los ríos y los senderos dan espacio a los pueblos todavía nómadas pero cuya misma enjundia natural inspira el deseo de arraigo que va a hacer de ellos gentes. Esta evolución, fecunda en instituciones políticas, conocerá una formidable estructura estatal gracias al Imperio Romano. Y a la sombra de tan inmensa y potente escuela de política, el Imperio Romano que ya ha absorbido la evolución paralela del espíritu iniciado por el Crucificado, se desintegra en lo que luego llamaremos naciones.
Las tres primeras naciones que emergen de esta prehistoria son España, Francia e Inglaterra. Son las tres a la vez continentales y marinas. En cada una de ellas va a cuajar una nación europea de mucho ser.
No es cosa ni de intentar aquí esbozar un retrato de cada una de estas tres naciones. Basta con apuntar que cada una de las tres ha llevado sucesivamente la acción protagonista de la Historia occidental: España, de 1400 a 1650; Francia, desde la segunda mitad del siglo XVII hasta la Revolución Francesa; _Y la Gran Bretaña, desde entonces hasta los comienzos de nuestro siglo. Son tres naciones de mucho ser, dotadas cada una de un sello y estilo peculiar, y empeñadas en dar expresión, vigor y vida a lo que la naturaleza-providencia las hizo.
Por corresponder a nosotros los españoles una parte predominante en el primer tercio del período histórico dirigido por ellas, no es fácil para nosotros expresar juicio comparativo alguno que jerarquice la labor histórica de las tres grandes naciones europeas. Tanto más porque llevamos ya siglos -desde 1492- de denigración sistemática de la labor histórica de España, llevada a cabo por nuestros rivales. Algún día será necesario volver a abrir el debate sobre este tema espinoso, que los españoles teníamos poco menos que abandonado. El fuerte sentido anti-español de la inmensa mayoría de libros de Historia que se aventuran a tratar el tema sorprende a veces en los casos menos previstos.
Daré un ejemplo. Todo el mundo sabe que la Historia consta de tres partes: la Antigua, la Media y la Moderna. Pero es cosa evidente que al Creador no se le ocurrió jamás tal división, como quien hace una obra en tres volúmenes; sino que la división se le ocurrió a algún historiador de biblioteca con su sentido del orden físico más o menos bien desarrollado. El caso es que la idea de dividir la Historia humana en Antigua, Media y Moderna no dejaba de presentar ventajas notables desde el punto de vista de la enseñanza.
Pero ahora se iba a tratar de trazar sobre el papel del tiempo los linderos de las tres edades; y el primero escogido para terminar la Edad Antigua y comenzar la Media fue la toma de Roma por los bárbaros. Esta elección pareció razonable a todos, y así quedó para reaparecer en todos los libros de texto.
Vamos pues ahora a marcar el lindero entre la Edad Media y la Moderna. ¿Qué fecha se escogerá? Pues la toma de Constantinopla por el Gran Turco en 1453. Singular elección. Avance de la cultura islámica sobre la cristiana; cierre de numerosos caminos que unían en parte el Oriente con el Occidente. Retroceso de Europa. ¿Por qué se escogió fecha tan absurda? Para no escoger la verdadera fecha histórica que inicia la Edad Moderna: el descubrimiento de América en 1492. Son treinta y nueve años de diferencia, pero ¿cómo se iba a aceptar que fuera una empresa española la que abriese la Edad Moderna? Antes que darle ese honor a España, se lo daremos al Gran Turco. Y es lo que se vino a hacer.
Hoy nos parece mentira, al menos me lo parece a mí: que España se prestara dócilmente a que se diera oficialidad y -por decirlo así- autoridad docente en sus escuelas y libros de texto a un disparate tan redondo como declarar la caída de Constantinopla, fecha inicial de la Edad Moderna, cuando treinta y nueve años más tarde, tres carabelas españolas descubren un mundo.
Al fin y al cabo, se dirá, son meras operaciones intelectuales, vistas del intelecto, como dicen los franceses. Pero no es así. Ya es hora de que los españoles tomen conciencia más exacta de la fuerza de falsificación y denigración de España que se oculta a veces tras de estas decisiones al parecer, inocentes. Las tres naciones primeras que crea Europa como primera etapa de la creación de Europa por las naciones europeas a la que estamos ya llegando se distinguen en seguida por su ser. Summer is icumen in, el famoso poema inglés al verano, aquellos maravillosos versos del Príncipe de Orleans.
Blanche cum lys, plus que rose, vermeille
Resplendissante cum rubis d’Orient;
las cantigas de Alfonso X, la poesía, en suma, da ya la clave de los tres pueblos hermanos que en siglos de bregar contra y por, iban creando sus tres almas, como espaciosas moradas de lo que mañana serán naciones. Y con los dones maravillosos que el Espíritu les otorga, recibirán también su fuerte dosis de agresividad junto a otras fuerzas del carácter que las eriza en guerra o las peina en amenidad.
Cuando al fin llegan las tres naciones a la Edad Moderna, estas tres formas del espíritu europeo figuran entre las más fuertes creaciones de la unión espiritual más vigorosa que el planeta ha conocido: el socratismo que emana de los griegos y el cristianismo que florece de los judíos.
Durante siglos de fascinante intensidad histórica, estas tres naciones van a afirmar los perfiles y la sustancia vital del mero tipo de unidad histórica que va a dominar los acontecimientos internacionales hasta nuestros días, alba de la era continental. Son las tres naciones de mucho ser, lo que implica que se van a desarrollar con el mismo fin pero con valiosas diferencias de ser y criterio.
Parece como si los hechos se ajustasen a una partitura pensada de antemano, que va a desarrollar su propio carácter hacia la cumbre del poder, de modo que, en cada una de las tres épocas, sea España la que dirija el mundo mientras el mundo vive sobre todo como comunidad religiosa, que Francia tomará la dirección histórica cuando el mundo se oriente hacia el pensamiento; y que este poder pase a manos de Inglaterra cuando el mundo se vuelva empírico y económico.
Pero estos cambios, que van desplazando el poder de sur a norte, no se verifican sin grandes tribulaciones, divisiones y pasiones; y como el mundo no había visto jamás poder tan universal como el de España, la Historia se fue apoyando cada vez más en una interpretación calumniosa de la época hispánica que todavía ejerce influencia sobre la opinión universal.
Esta situación agravada y reforzada por la Reforma ha llegado a tal grado de malevolencia que todavía hoy, pese a no pocos progresos, la unidad de opinión no llega a establecerse por no lograr vencer el prejuicio reformado contra la historia de España y el carácter español.
(Septiembre 1978)