Rayner Peña se encontraba en la sala de su casa viendo el partido del Mundial entre Brasil y Escocia cuando las luces parpadearon y, segundos después, el edificio comenzó a moverse. Lo que al principio creyó que era uno de los temblores que de vez en cuando se sienten en Caracas, se convirtió muy pronto en algo de mucha mayor gravedad.
“El movimiento se intensificó de forma brutal en cuestión de segundos”, recuerda el coordinador de vídeo de la Agencia EFE en Venezuela. Peña buscó a su hijo y junto con él, su novia y la suegra se refugiaron debajo de una de las columnas del apartamento. Oía crujir la estructura del edificio, agrietarse las paredes, agitarse fuertemente los cristales de las ventanas, gritar a los vecinos y derramarse el agua de los tanques situados en las terrazas.
Casi por instinto sacó el móvil y comenzó a grabar. “El trabajo comenzó en el mismo terremoto”, explica. Esas imágenes fueron el primer material de una cobertura que duraría semanas.
Una vez que el movimiento cesó, puso a salvo a su familia, cogió la cámara, el móvil y unos micrófonos inalámbricos y salió del edificio. Comenzó a recorrer los alrededores tras ayudar a evacuar a una vecina con problemas de movilidad.
«Hallé gente llorando, muchos sin zapatos ni más que ropa de casa, llevando a sus hijos o animales domésticos, abrazándose unos a otros y tratando de comprender la magnitud de lo que acababa de ocurrir”, explica.
Dar cuenta de los hechos sin luz ni comunicaciones
“Fue un reto porque teníamos que documentar, grabar, editar, procesar y enviar el material con la mayor prontitud posible, en esas circunstancias. Tan pronto terminábamos un envío, ya estábamos trabajando en la siguiente historia o en la próxima escena que debíamos grabar”, subraya.
Cuando el periodista también es el afectado
Los relatos detrás de la devastación
Con el paso de las horas las cifras y los edificios destruidos fueron dando paso también a las historias personales. Una de las más impactantes para Peña fue la de Amir Infante, un adolescente de 16 años atrapado entre los escombros de su apartamento y una nevera.
“Se podía ver solamente una parte de su cuerpo, pero movía las manos pidiendo ayuda. Una y otra vez repetía que no quería morir”, manifiesta. Familiares y vecinos intentaron rescatarlo, pese a que no tenían equipos especiales. Por fin fue liberado, pero murió mientras era trasladado a un centro médico. Más tarde, por error de identificación, su familia pasó más de un mes buscándolo por hospitales, morgues y cementerios.
Otra anécdota es la de Aura, cuyo edificio se desplomó con su único hijo y varias mascotas en el interior. Aura se acercó, desesperada, a pedir al equipo de EFE que grabara su testimonio y ayudara a difundir su llamamiento. El vídeo tuvo una gran difusión.
Aquellos casos obligaban también a decidir hasta dónde debía llegar una cámara. “En una tragedia de esa magnitud, el desafío estaba en registrar lo que pasaba sin perder de vista el respeto por las víctimas y sus familias”, indica.
Peña explica que no hubo primeros planos de cadáveres ni imágenes que pudieran revictimizar a los afectados: “Nuestra prioridad siempre fue registrar lo real, siempre respetando la dignidad humana”.
El poder de los sonidos
La cobertura fue cambiando a medida que surgía la emergencia. “De una cobertura centrada en la inmediatez, en el «breaking news», pasamos a otra mucho más enfocada en las historias humanas, en las consecuencias que la tragedia seguía dejando en la vida de miles de personas”, indica.
Y de todo lo visto y fotografiado, Peña guarda sobre todo un recuerdo que no es una imagen . “Escuchar a personas atrapadas pidiendo ayuda desde el interior de edificios derrumbados, mientras sus familiares los llamaban por su nombre con la esperanza de una respuesta, es probablemente uno de los muchos sonidos más duros que tengo de toda la cobertura”, narra.
La experiencia también ha reforzado su idea de lo que es el periodismo. Las fotografías o los videos no solo sirven para informar, sino que en ciertas circunstancias también pueden ayudar a visibilizar una emergencia, acelerar la atención sobre una comunidad o ampliar el llamamiento de quienes necesitan ayuda.
Semanas después de los terremotos, Peña continúa viendo historias que deben ser contadas y familias que luchan por reconstruir sus vidas. Para él, el trabajo periodístico forma parte del registro de lo sucedido: “Todo ese trabajo, en fotografía, vídeo y texto, termina construyendo un registro muy amplio de la magnitud de la tragedia y, a la vez, un documento que ayudará a preservar la memoria”.
Porque aunque se haya acabado la primera fase, las consecuencias quedan. La fase de emergencia ya pasó, pero la reconstrucción aún no empieza.
“Es importante recordar que todavía hay miles de personas que necesitan ayuda para poder recuperar sus vidas, o por lo menos una parte de ellas”, sentencia.