Por Miguel Gutiérrez

En la oficina de EFE en Venezuela, el trabajo en equipo es fundamental para poder explicar la compleja situación del país. Uno de los temas álgidos es la alimentación de miles de personas que no ganan más de un par de dólares al mes y dependen de la ayuda gubernamental.

Mientras hacíamos una crónica relacionada con el tema de alimentación, pensaba en cómo mostrar, de manera digna, con qué alimentan a los niños venezolanos. Un universo amplio que se redujo a un barrio cercano al centro de Caracas: el sector de La Vega, conocido por enfrentamientos entre policías y bandas delictivas. Mi conexión a esta zona fue mediante voluntarios de una ONG local, a los que acompañé en un censo para otorgar ayudas a gente desfavorecida.

El viaje

El viaje era exploratorio. Primero, ubicar a las familias que tuviesen bebés de menos de 2 años y, luego, lograr el acceso. Decidí llevar una cámara y un lente por si se presentaba la oportunidad de retratar a los niños junto a la comida que tuviesen para un mes. En ese barrio faltan aceras y sobran escaleras: caminos de tierra en algunos tramos y subidas de más de 400 escalones para llegar a casas que tienen paredes de lata y mucha necesidad.

A cada familia le expliqué en qué consistía el trabajo: un retrato a su hijo o hija, acostado en su cama rodeado con los alimentos que tenían en ese momento. En los dos primeros casos pensé que no me explicaba correctamente porque me mostraban solamente unas bolsas con arroz y paquetes con harina de maíz. Les repetí que necesitaba fotografiar la comida de los niños, y que si era posible enseñarme todo y no solo una muestra. Su respuesta en ambos casos fue: «eso es todo lo que tenemos para darles, no hay más».

Estuve en el sector varias horas, de casa en casa, preguntando y explicando en qué consistía el trabajo. Todos fueron amables y abrieron las puertas de sus hogares sin problema. Logré retratar 10 casos.

Ese mismo día, en la noche, edité y procesé las imágenes y le comenté a mi delegada, Sabela, como estuvo la jornada. Luego me comuniqué con los compañeros en la mesa de Colombia y les resumí lo fotografiado. Queríamos publicar lo más pronto posible, pero necesitábamos algo más: pese a que todos me dieron acceso y me dejaron entrar a sus habitaciones a fotografiar a los niños, convenía tener un permiso firmado para usar las imágenes.

Volví en busca de las firmas, pero se complicó porque no todos estaban en sus casas en ese momento; conseguí una parte y volví al día siguiente por las que faltaban. En el último recorrido, una de las familias no pudo firmar, no sabían leer ni escribir; pero nos daban permiso para mostrar su caso. «Ojala que afuera vean lo que vivimos acá», me dijo al devolverme la planilla sin sus datos.

Las fotos fueron recogidas por varios medios internacionales, entre ellos; la revista alemana View, donde logramos mostrar al mundo la dura realidad de la infancia venezolana.